Basada en la novela gráfica de Simon Stålenhag, los hermanos Russo nos conducen por una realidad distópica de los años 90 en la que humanos y robots se encuentran enfrentados

“Estado Eléctrico” es la última gran apuesta de Netflix y la película en la que más han invertido hasta la fecha, con un presupuesto de 320 millones de dólares. Con esa premisa y con un elenco repleto de estrellas de la industria como Millie Bobby Brown, Chris Pratt, Giancarlo Esposito, Woody Harrelson, Anthony Mackie, Ke Huy Quan y Stanley Tucci, sorprende el producto final de los hermanos Russo: un film olvidable que roza el aburrimiento. Y lo cierto es que es una película a la que no le falta acción y ritmo, pero es quizá la poca profundidad de la trama, un guion bastante pobre o sencillamente la interpretación gris ofrecida por los dos actores protagonistas lo que acaba por convertir semejante superproducción en un largometraje que baila en la fina línea entre lo tedioso y lo meramente disfrutable.
Son los años 90 en una realidad muy diferente a la nuestra, un mundo marcado por la guerra reciente entre robots y humanos con devastadoras consecuencias para los primeros, pero también para la sociedad, qué vive anclada a la tecnología de realidad virtual cómo vía de escape del mundo real. “Estado Eléctrico” sigue la vida de Michelle —Millie Bobby Brown—, una joven huérfana en búsqueda de su hermano menor al que creía muerto. Junto a ella, su inseparable robot y Keats —Chris Pratt—, un peculiar contrabandista que, “curiosamente”, también está acompañado por un robot. Sobre el papel, una trama que pese a su falta de originalidad no debería caer en la pesadez, pero que invita a uno a pensar cómo una película de semejantes dimensiones ha acabado en tal fiasco. Dinero, estrellas y dos directores especializados en blockbusters, una fórmula sencilla pero que no ha acabado de funcionar.
Se trata de un film con el que cuesta conectar, que no engancha y con protagonistas que difícilmente te hacen sentir algo que trascienda la pantalla. Una historia simple, plana y predecidle que llega a ser soporífera por momentos. Se puede destacar su tono cómico, o su intento de este, con bromas y humor enfocados en público amplío con el objetivo de no excluir al espectador más joven. Por otro lado, otros de los temas recurrentes en el film es el luto y la superación de este. La protagonista es huérfana, y a lo largo de la película encontramos escenas y diálogo con el que tratan de abordar dicho tema, pero que no llegan a emocionar.

Ni siquiera dos grandes nombres como Millie Bobby Brown y Chris Pratt son capaces de levantar la película a través de sus personajes. Sin química y sin desarrollo alguno, tanto uno como el otro carecen de profundidad o elementos que despierten el interés. Lo cierto es qué entre ellos y la amalgama de robots de todos los tipos y colores apenas hay diferencia en cuánto a su capacidad para transmitir.
Pero no todo es negativo en la producción de los hermanos Russo. Al César lo que es del César, el apartado visual del largometraje es sin lugar a dudas su gran punto fuerte. Y si bien no soy gran fan del propio diseño de los personajes entiendo que estos corresponden a la novela gráfica original y reconozco que el CGI empleado es brillante, con una atención al detalle y escenarios muy bien construidos que pueden llegar a sumergirte en la realidad retro futurista que propone la película. Si tengo que quedarme con algo de “Estado Eléctrico” es indudablemente con este elemento en particular, pero la realidad es la que es, y es qué de una película de 320 millones dólares se espera mucho más y no qué te deje con ese amargo sabor de boca de un dineral muy mal gastado.
Al final, “Estado Eléctrico” es una película que peca de su sencillez. Sin riesgos. Una cinta que no destaca y cae en una sobriedad que te deja indiferente. Ni los actores logran transmitir lo suficiente, ni la superficialidad de la trama invita a conectar con los personajes de esa manera, lo que convierte “Estado Eléctrico” en un “quiero y no puedo”, en un “casi algo”, en dos horas y ocho minutos de entretenimiento vacío que a mi, personalmente, se me hizo difícil de aguantar.

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